Mi país dejó de ser un lugar cosmopolita desde el año 1959. Desde entonces, allí solo viven cubanos revolucionarios. Ni chinos, ni árabes, ni judios, ni latinos, ni africanos, ni Pakistanies, ni esquimales. Nadie emigra a Cuba. Los únicos extranjeros que vi cuando era niño eran Soviéticos, por los cuales sentía veneración, pero nadie más. Dejó de ser aquella tierra de mestizaje, punto de encuentro cultural del caribe, la llave del golfo, la perla, etc, por las razones que todo el mundo sabe. El mar se volvió sencillamente el fin.
El caso es que, a pesar de haber estudiado geografía política, la ausencia de la influencia psico-cultural que trae la in-emigración, sumado al hermetismo impuesto por el régimen, nunca tuve bien claro que habían otras civilizaciones en el mundo aparte de los americanos y los rusos. En la escuela nunca nos hablaron de religión. Nunca. Era un tema tabú. Así fue que, un día, ya en Bélgica, ya médico, ya adulto, solté la preguntita delante de una veintena de gente.
_ ¿... y dónde queda musulmania?
Todos se echaron a reír a carcajadas, zapateando el suelo, golpeando la mesa, el apartamento temblamba y me decían que el chiste estaba muy bueno.
El problema fue cuando descubrieron que no era chiste. Les dije: Bueno, yo sé que actualmente no hay ningún país que se llame Musulmania, pero seguramente fue un antiguo reino, no? Sino, ...¿de dónde salen tantos musulmanes?
Los rostros de risa fueron cambiando a asombro. !No puede ser verdad. El médico cubano!!?
La fiesta era en casa de una amiga peruana en Bruselas. Tengo que agregar al contexto, que por ser médico y cubano todos daban por hecho que yo era un hombre culto, por lo que toparse con la realidad de mi ignorancia les causó un gran shock. Yo hacía solo dos meses que había llegado a Bélgica, y los únicos musulmanes que había visto antes eran Aladino el de la lámpara maravillosa, y Ali Babá y los 40 ladrones.
Poesía y pensamiento. Aunque lleno de diversas fuentes de inspiración, todo lo escrito en este blog son mis palabras. A veces acierto, a veces no, a veces irrito, pero todo con mi mejor intención de amar.
domingo, 27 de febrero de 2011
martes, 22 de febrero de 2011
APATRIDAS Y TRAIDORES
Tres días antes de salir de Cuba, en agosto de 1994, sin querer, estuve muy cerca del epicentro de la gran revuelta que tuvo lugar en La Habana. El conocido: Maleconazo.
Mi hermana y yo habíamos ido a recoger unas cartas que debía traer conmigo a Bélgica, a casa de Ana María una amiga que vive justo detrás del Hospital Hermanos Almejeiras, cuando escuchamos el estallido. Sin entender qué pasaba, sin detenernos a averiguar, nos apresuramos a escapar lo antes posible. Ana María nos brindo su hospitalidad para permanecer escondidos en su casa hasta que todo hubiese pasado, pero nosotros solo queríamos llegar a casa y refugiarnos lo antes posible. Tanto mi hermana como yo teníamos todos los documentos necesarios para salir de Cuba en pocos días, que ya contábamos en horas regresivas, y solo un cubano sabe lo que eso significa. Así que corrimos a toda velocidad en dirección contraria, huyendo una vez más como estábamos acostumbrados, pero esta vez cruzando una avalancha de locos lanzando extraños gritos contrarevolucionarios, a escondernos cuanto antes bajo la cama si era preciso, temiendo ser confundidos con alguno de aquellos revoltosos que tiraban e incendiaban tanques de basura, rompían y vaciaban vidrieras y gritaban libertad.
Cuando llegamos supimos lo que estaba sucediendo realmente. Aquello fue, el levantamiento. La más importante y masiva revuelta contra el régimen cubano que haya habido jamás. Un hecho histórico.
Viendo hoy las imágenes de las revueltas en el mundo árabe no puedo dejar de recordar aquel día 16 años después, y preguntarme y preguntarme por qué ellos sí, por qué nosotros no, por qué huí, y peor aún, ¿lo haría hoy? ¿hacia dónde me fuí? ¿hacia la libertad o hacia el silencio? ¿hacia el confort o la penuria? ¿hacia el recuerdo? que no es otra cosa que un olvido aferrado a no serlo.
Aquella revuelta no comenzó por una causa idealista ni exenta de egoísmo. Sencillamente, unos cuantos desafectos, como yo, querían escapar de la isla intentando robar una lancha de la bahía. El comienzo fue un hecho delictivo en sí, y por eso pierde peso en la historia, como yo he perdido gravedad.
Tengo que intentar salvarme de esta loca culpabilidad que me corroe. Ninguno de estos dictadores árabes convirtió a sus conciudadanos en traidores como lo han hecho conmigo, con nosotros.
La dictadura cubana ha logrado tergiversarnos y volvernos insultos a todos; delincuentes, jineteros, gusanos, contrarevolucionarios, egoístas, enemigos, chivatones, sobrevivientes, empecinados, avergonzados, indignos, exiliados, apátridas, putas, ignorantes, cobardes y sobretodo en traidores. Con una moral parecida, no podremos ni sabremos enfrentarnos a nada más que a nosotros mismos. Tal y como llevamos haciendo 52 años.
jueves, 3 de febrero de 2011
DERECHOS MALCRIADOS
Las cosas han cambiado de cuajo. Hace solo dos años, eran varios los amigos que cuando hablábamos de planes futuros, me decía con aires de hijo de papá (gobierno) que habían decidido tomarse unas vacaciones de un año o dos y disfrutar de las prestaciones de paro que según ellos habían acumulado con todo derecho, tocándose los huevos. Hoy muchos de ellos estarían dispuestos a trabajar donde hiciera falta, y se ven obligados a tocarse lo huevos retraídos de miedo, y en lugar de maldecir su antigua actitud de pereza, algunos maldicen al gobierno que arruinado se ve imposibilitado de sostener aquel tren de abundancia que premitió tanto descuido.
Esto es algo que no debemos olvidar. Fuimos en parte nosotros los negligentes. No pueden existir derechos sin deberes, pero si bien lo primero suena a merecido, lo segundo suena a castigo.
El límite de los derechos merecidos está solo claro en la moralidad individual y por eso siempre se confunde.
Hace poco, hablando con un amigo fumador sobre la ley antitabaco, este me decía que visto que no podían fumar en el interior de los locales, consideraba un derecho que en todas las terrazas se instalaran calentadores de gas a presión, forzando un microclima y así dicho grupo enviciado pudiese también disfrutar del ocio.
Estos calentadores los considero una inmoralidad absoluta. Para competir con la naturaleza, con el aire ya no libre, fuerzan a toda bomba, a todo fuego contra el planeta, mientras que los consumidores de alcohol y tabaco, nosotros mismos, los pijoides occidentalizados, conversemos descuidadamente sin acordarnos del calentamiento global, y ese mismo instante familias del sur tienen sus casas inundadas por la crecida de un río.
Esto es algo que no debemos olvidar. Fuimos en parte nosotros los negligentes. No pueden existir derechos sin deberes, pero si bien lo primero suena a merecido, lo segundo suena a castigo.
El límite de los derechos merecidos está solo claro en la moralidad individual y por eso siempre se confunde.
Hace poco, hablando con un amigo fumador sobre la ley antitabaco, este me decía que visto que no podían fumar en el interior de los locales, consideraba un derecho que en todas las terrazas se instalaran calentadores de gas a presión, forzando un microclima y así dicho grupo enviciado pudiese también disfrutar del ocio.
Estos calentadores los considero una inmoralidad absoluta. Para competir con la naturaleza, con el aire ya no libre, fuerzan a toda bomba, a todo fuego contra el planeta, mientras que los consumidores de alcohol y tabaco, nosotros mismos, los pijoides occidentalizados, conversemos descuidadamente sin acordarnos del calentamiento global, y ese mismo instante familias del sur tienen sus casas inundadas por la crecida de un río.
domingo, 16 de enero de 2011
DEL ROJO AL NEGRO
Del idealismo al liberalismo. De humilde a triunfalista. De modestia a nombradía. De credo a cinismo.
Un camino repetido, una rueda, hacia delante o hacia atrás, rueda. Del pseudo conformismo a lo insaciable. Cuanto más mejor. Porque es la rueda que rueda, la única que sabe circular, hacia adelante o hacia atrás, depende del sentido que cuentas el cuento, que cuentes el tiempo.
De la utopía a la desfachatez. De Violeta Parra a Lady Gaga. Del Cheguevarismo al Berlusconismo. Del humilde al chovinista. De colectivismo al individualismo. Circulación abarrotada siempre en hipertensión, explota acá, hace trombos, hace edemas por ciertos lados, en otros seca y en otros revienta.
Del espiritualismo al materialismo. Del materialismo a la frivolidad. Del ateísmo a la ausencia de espiritualidad. De falsa espiritualidad a fanatismo. De la miseria al despilfarro.
¿Acaso no es pasado este presente? Un dejà vu.
De ignorante a escarmentado. De soñador a descarado.
Proceso irrevocable que se acelera por la crisis, al que se agrega un gran malentendido. Si no consumes no rueda, no PIB, "producto interno bruto", el eje de la rueda, la grasa misma que permite el deslice. Pero, si consumes mucho, hoy tú sabes, tú lo sabes bien que más temprano que tarde se atascará, y tienes que seguir jugando el juego de impulsar la rueda que se atascará.
Paradoja o burla, es precisamente un país "comunista" el que más impulsa la rueda. China arrasará con lo poco que nos quedaba de izquierda. Para competir, lo cual es el núcleo, habrá que trabajar como ellos, que poluir como ellos, que abaratar como ellos.
De comedimiento a impudicia.
Del rojo al negro.
CON GANAS NO BASTA
Con ganas no basta
para que podamos
ver nuestro fantasma el cuerpo encontrar.
No basta con ganas
para que las almas
caminen al sol sin el cuerpo quemar.
Las ganas engañan como aquel sediento
que viera un oasis en delirio desierto.
Las ganas confunden sudor y rocío
confunden la orilla del mar y del río
que barre cimientos y los tira al vacío.
Las ganas disfrazan la brisa de viento
Huracán que nace y queda en intento
de arrasar con ganas amar un aliento.
Las ganas empañan la piel de deseo
Ahogan el pulso ebrio impasible
torpe incauto exhausto hambriento.
Quiero mirarte amor en cristales de humildad
Me acerca a tu lado, se vuelve esperanza y el tiempo aprende a esperar
El mundo alcanza y me invita a volar
Llego hasta la luna que para apropiarla solo me pidiera,
mis ganas de amar.
sábado, 25 de diciembre de 2010
LA NOCHE BUENA SE CONVIRTIO EN NOCHE MALA, O POR LO MENOS EN NOCHE SOSPECHOSA
Aquella Religión/ Capítulo 12
“¿Creencias religiosas?
_ Creo en la lucha armada y en la revolución. –contesté”.
Como todos los niños, yo también adopté las creencias de mis padres, aunque por supuesto, no las consideraba creencias, ni tenía conciencia de haberlas adoptado. Sencillamente, era la única forma lógica de existir y así contestaba cuando alguien me preguntaba, cuál era mi religión.
“Debes decirlo con voz firme y segura” me dijo mi madre el día de mi inscripción en las filas de los pioneros.
“Creo en la lucha armada y en la revolución”, me hizo repetir varias veces para que lo aprendiera de memoria. No entendía nada, pero imité el mismo énfasis, la misma entonación con calcada imitación, hasta que llegué a querer aquella frase. “El orgullo tiene que sentirse cuando lo dices”, me decía.
Tampoco entendía la reacción del interlocutor. La mayoría de las veces se quedaba pasmado de sorpresa y luego de algunos segundos de reflexión delante de la planilla, intentaba resumir mis palabras para lograr llenar la pequeña casilla correspondiente a la respuesta. Recuerdo no estar satisfecho al ver que inscribía sencillamente “no” o “ninguna” y en el papel no quedaba reflejada mi rebelde misiva.
La respuesta más corriente a esa pregunta por aquellos años era, “ninguna”. En la Cuba de los años sesenta, setenta y hasta parte de los ochenta, muy pocos se atrevían a confesar sus creencias. Las religiones se habían convertido en disidentes, no tanto perseguidas pero sí mal vistas, y aquellos que tenían aspiraciones personales, profesionales o solo existenciales, no tuvieron más remedio que esconder sus reliquias debajo de la cama.
Otras veces, el interlocutor se mataba de risa con mi frase, sobre todo cuando se trataba de un contexto informal, pero mi respuesta era invariable, no importaba el momento, aunque me hubiese preguntado el bodeguero.
_ ¡Ay niño, pero qué belicoso eres!
Y corriendo fui a preguntarle a mi madre que quería decir eso de belicoso, extrañado y orgulloso de provocar con una simple frase reacciones tan diferentes.
Desde los siete años, así, en cada inscripción, conversación, entrevista, papel, encuesta y dondequiera, esperaba y deseaba que me hicieran la famosa preguntica: “¿Creencias religiosas?”, loco por deslumbrar o asustar, hasta ya adolescente.
También aprendí desde pequeño a detectar aquellos pocos que confesaban no pertenecer a mi religión, y aprendí a mirarlos como rarezas y hasta con cierto desprecio. Recuerdo el día que Alipio, se quitó la camisa durante el curso de Educación física y descubrí que de su cuello colgaba una pequeña cruz dorada. Aquello me dejó alelado. Había visto ese signo en el tope de los altos edificios que llamaban iglesias, --los cuales nunca había visitado-- en algún libro de antes de la revolución, en casa de mi abuela porque era vieja, pero en el cuello de un compañero de aula, nunca lo sospeché. En casa me explicaron que, al igual que abuela, eran niños que creían en muñequitos que hacían colgar de las paredes, a los cuales les hablaban y le pedían cosas. Así quedaron absurdos e ilógicos esos otros. No eran malos, eran antiguos como mi abuela y un poco raros.
Recuerdo también otra compañera de clases que no saludaba la bandera, ni cantaba el himno, ni decía a coro nuestro lema: “Si avanzo sígueme, si me detengo empújame, si retrocedo mátame”. Todos los niños del aula gritando a voz en cuello con galillo prepubertal, emulando con las demás aulas, y ella permanecía inmutable, como si no estuviera. La recuerdo bien, pero no me acuerdo de su rostro porque nunca más la miré por ser tan rara. De ella me explicaron que era Testigo de Gehova, esos no usaban muñequitos, pero también creían en seres que vivían en las nubes, se oponían a la ciencia y no respetaban a la patria.
Mi hermano, se inventó sus propios Santos. Eran una pareja de niños que llamó Usilinga y Maristaca que estaban presentes en cada uno de sus actos. “Lo hice porque Usilinga me dijo que podía, pregúntale si quieres”, justificando cualquiera de sus locuras infantiles o “No fui porque Maristaca me dijo que no fuera”, y llegó hasta deformar las evidencias: “Fue Usilinga quien pasó y rompió el jarrón”. Conversaba con sus dos personajes invisibles y les atribuía la causa de todos sus actos.
Mis padres tenían un dios vivo y bien presente. Los católicos esperaban el domingo para ir camuflados a la iglesia y oír las palabras de un representante, nosotros teníamos nuestro dios en carne y hueso casi todos los días en la televisión. Joven, alto, fuerte, elegante, también lucía una barba y también soltero como imagen única, y siempre vestido de verde olivo. Hablaba durante horas de cosas serias, a las cuales mi padre prestaba meticulosa atención, y hacía comentarios rápidos entre los pequeños silencios o pausas ortográficas, siempre rellenas de ovaciones de aplausos, casi automáticos pero manuales. Aprendí a esperar el final de aquellas largas intervenciones sin chistar. Cuando nuestro dios hablaba, no había, ni debía haber nada más que hacer, solo oírlo, y su voz resonaba en todo el barrio como un eco de montaña, puesto que de los televisores vecinos, encendidos con alarde a todo volumen, nos llegaba el sonido de su escalofriante voz con segundos de retardo. En esos momentos, todo excepto escuchar se llamaba “falta de respeto”. A veces nos dejaban jugar, siempre y cuando fuese en silencio y al primer debate el juego era dispersado y terminábamos mi hermano y yo, obligados frente al televisor, sin poder entender la razón de por qué nuestro dios estaba siempre tan bravo, y gritaba con voz crispante y profunda. Aún sin entender una palabra, sentía la emoción y el inmenso respeto que le profesaban mis padres, y mis poros infantiles se erizaban. Años después, esto llegó a ser un reflejo condicionado perfecto y todos mis pelos, hasta los del cráneo, se crispaban de solo escuchar su nombre.
A pesar de la adoración que sentía, me aburrían aquellas repetidas retrasmisiones del discurso que muchas veces ya había vivido en vivo y al directo. Las estaciones del año prácticamente inexistente en el caribe eran marcadas por aquellos actos políticos, y se hablaba del antes del discurso y del después del discurso. Las fiestas y fechas religiosas fueron prohibidas y remplazadas por fiestas en fechas patrióticas. La “Noche Buena” se convirtió en noche mala o por lo menos en noche sospechosamente ordinaria. Los Santos fueron remplazados por Mártires y Héroes nacionales y extranjeros de países socialistas. Los días festivos, íbamos a la plaza o bien al trabajo “voluntario”.
A las guirnaldas de luces intermitentes del viejo arbolito de la antigua navidad, mi padre les daba forma de estrella y la alumbraba sobre el techo de la casa, cada 26 de julio y 1ro de enero. La nuestra era la casa más alta de la colina y estábamos orgullosos de saber que nuestra estrella de colores intermitentes coronaba el cielo del sur de La habana.
El esperado día había sido anunciado durante meses, por todos los medios de difusión. Entre los programas de televisión, en la radio, en el mural de la escuela y de los centros de trabajo, en afiches públicos y bocinas callejeras, en todas las obligadas reuniones de todas las organizaciones de masas, y hasta en el calendario anual. Esa mañana, desde las cinco y media, los vecinos miembros del ejecutivo del C.D.R; entre ellos, durante algunos años, mi padre, recorrían las aceras pregonando y despertando a toda la vecindad, compitiendo con el canturrear de los gallos, que desde los patios del barrio, se pasaban la noticia como contrapunto en que sucesivamente entran nuevas voces que imitan la anterior.
_ ¡Arriba caballero, llegó la hora de movilizarse!
_ ¡TODOS A LA PLAZA CON FIDEL! -gritaban desde la calle.
_ ¡De pie revolucionarios! La revolución nos espera.
Minutos después, se oía venir el carrito con altoparlantes, que días anteriores había pasado por el barrio vociferando consignas y recordándonos la cita, esa mañana pasaba sonando himnos y marchas de combate, acompañando al locutor que, gritando, incitaba la mañana. A mí me encantaba todo aquel barullo, ver la ciudad entera levantada rotunda y súbita antes del sol. Inmediatamente encendíamos las luces del exterior de la casa para responder al llamado lo antes posible. Cuanto más rápido mejor. De lo contrario, se corría el riesgo que los vecinos del ejecutivo de dirección de la calle, se detuvieran frente a la casa a llamarnos por el apellido familiar.
“Bueno, bueno, ¿qué pasa con la familia Pérez?”, o bien empezaban a gritar nombre por nombre los integrantes de la familia retardada, ya avergonzada antes del alba, y aquello provocaba comentarios durante varios días. Unos minutos de retardo sin lógica justificación y podían empezar las dudas sobre la verdadera motivación revolucionaria.
Ese día, no había escuela, ni transporte público, ni bodegas, ni tiendas, ni iglesias, nada. A las siete de la mañana, nos encontrábamos con los cientos de vecinos del reparto Apolo y Víbora Park, en la calle Maria Auxiliadora, frente a la escuela secundaria Rafael Carini, donde las guaguas del transporte urbano paralizado, se reunían para hacer el único trayecto autorizado: Llevarnos a la plaza. Le llamaban el “punto de control”, y era literalmente eso. Cada presidente de calle, el llamado “Comité de defensa de la Revolución” (C.D.R.) apuntaba en una lista los presentes según íbamos montando en el ómnibus correspondiente. Hubiese sido más fácil anotar los pocos ausentes, pero el orgullo de ver nuestro nombre en la lista nos hacía sentir importantes, y además, al regreso, tendríamos derecho a ganar el bono de “presentes” o el estandarte rojo que colgaríamos con orgullo a partir del día siguiente en nuestra camisa escolar.
Las guaguas nos conducían a otros puntos en las proximidades de la Plaza de la Revolución, a solo unos pocos Kilómetros, donde nos reuníamos con el resto de los vecinos de los diferentes barrios y repartos del municipio Arroyo Naranjo. En ese punto de aglomeración, éramos miles. Una vez todos reunidos, comenzaba la marcha combativa de nuestro municipio hacia la enorme explanada coronada por el monumento a la Revolución. Cada municipio entraría a la plaza por axos diferentes, y ocuparía en la misma, áreas diferentes. La organización era perfecta. Entre barricadas se marcaba el camino inconfundible, allí llegaríamos a ser un millón. Cuando niño me ataba fuerte a mi madre por miedo a perderme. Adulto, luego de hacerme remarcar por los jefes inmediatos del trabajo o de la calle, según el que hubiese convocado para esa ocasión, buscaba perderme.
La marcha hacia la plaza era como todas las tareas, una constante emulación. Todos empeñados en llegar a ser el municipio habanero más combativo, el más abnegado, el primero, el más organizado, el más revolucionario, lo que se podía traducir como el más histérico y escandaloso. Gritos y gritos de consignas revolucionarias acompañados de tambores, de trompetas, silbidos y matracas. “CUBA SI, YANKIS NO”, “PA’ LO QUE SEA FIDEL PA’ LO QUE SEA”, “COMANDANTE EN JEFE, ORDENE”, “SOCIALISMO O MUERTE”.
Se distribuían diferentes banderolas de papel: cubanas, rojas, otras roja y negra que era la bandera del movimiento 26 de julio. Recibíamos también pancartas y carteles.
_ Dame la efe! -gritaba un enardecido.
_ ¡EFE! -respondíamos todos.
_ Dame la i.
_ iii. -todos a coro.
_ ¡Dame la De! –con el cuello lleno de venas.
_ ¡ Deee!
_ ¡Dame la E! -atizando y excitándose cada vez un poco más.
_ ¡Eeee! –gritábamos todos casi unísonos.
_ Dame la ele.
_ Eleee.
_ ¿Qué dice? -preguntaba en medio de su clímax.
_ ¡FIDEeeL!!!
_ No se oye! -incitando a la locura.
_ ¡FIDEEEeeL!!!. -el pueblo desgalillado.
_ ¡Repite!
_ ¡FIDEL, FIDEL, FIDEL,...! -hasta que se convertía en rumba y salíamos bailando con su nombre.
Granizados, refrescos y algunas chucherías de comer a precio reducido e incluso gratis era otra de las cosas que cambiaban la rutina de aquellos días. No faltaban aquellos que perdían el grupo haciendo colas o intentando atravesar tumultos para alcanzar comer algo antes que el discurso comenzara. En algunas esquinas, disponían pipas de agua potable que utilizaríamos como ducha para refrescarnos. Dios no hablaría hasta la una de la tarde, y era difícil soportar el mediodía habanero, que ponía a hervir el chapapote de la plaza. El ambiente era jovial, alegre, carnavalesco. Unos rumbeando consignas a coro y tambor, bailando una comparsa antiyanqui: “Fidel, (tun) Seguro, (tucún) Al yanki dale duro”, o bien aquello de “Ay malembe, que los cubanos ni se rinden ni se venden, malembe.” Jóvenes trovadores improvisaban peñas por todas partes, interpretando canciones de Silvio y Pablo que todos conocíamos y entonábamos juntos. Múltiples banderas ondulando batidas por el viento. Los balcones adornados para la ocasión abarrotados de espectadores que nos saludaban al pasar. Las parejas de enamorados esperaban pacientes desbordando su pasión sobre el césped. Los piropos llenos de humor no faltaban, ni tampoco las miradas, el toca-toca y la calentazón.
A la una de la tarde, luego de entonar las notas del himno nacional, comenzaba el discurso. Los diez primeros minutos, sus palabras eran calmadas, su voz tenue, simpática y relajada. A veces, hasta hacía reír toda la multitud pero, luego del habitual recuento de los indiscutibles logros alcanzados desde su llegada, empezaba a encabronarse solo, a insultar a todos los países capitalistas, y después de la Perestroika al mundo entero, a prepararnos para resistir, y convencernos de la próxima y siempre inminente invasión norteamericana, a recordarnos descaradamente cuanto le debíamos a él y a la revolución, y disimuladamente lo que nos esperaba si..., gritando con alarde de macho duro y desfachatado.
Nunca menos de cuatro horas. Y mientras más grande el cansancio, más grande la paranoia.
_ Niño disimula que se van a dar cuenta. -me decía mi madre.
“¿Cuenta de qué?- pensaba- Del agotamiento, del aburrimiento, de la pérdida del interés y de la concentración, de los vértigos, de mis debilidades, del dolor en los pies, del calor, del hambre?”. Pero como en toda buena religión, hace falta una buena dosis de reprensión, así que, disimula niño. De todas formas, las guaguas para regresar solo estarían en el punto de control al final del discurso, por lo que no había más remedio que callar, aplaudir y esperar.
Solo en algunas pocas ocasiones, faltaría a uno de esos “llamados masivos”, alegando una enfermedad, y pude comprobar lo aterrador que puede ser una ciudad desprovista de sus habitantes. A las diez de la mañana en el barrio, solo el viento parecía estar vivo. El silencio dejaba escuchar el susurro de las hojas de los árboles. Los gatos se paseaban frescos por el centro de las desoladas avenidas y los perros alborotados, asustados de incomprensión. El tiempo parecía suspendido por la ausencia. En algunos portales, descubrí algunos pocos viejos con problemas locomotriz evidente.
Las pocas veces que me ausenté, me sentía pérfido y no podía evitar la vergüenza de no estar donde debía. Si me atrevía a salir de la casa, portaba algún signo claro de mi incapacidad, una mano vendada, o cojeaba, o me ponía la minerva de mi padre al cuello.
Con los años, empecé a comprender el significado de todas esas consignas que automáticamente grité, y la palabra muerte me empezó a sonar como una amenaza y no como un heroísmo. Comencé a buscar respuestas y empezaron los problemas. Mientras mi pensamiento estuvo ligado a la histeria colectiva, todo marchaba bien, la existencia era algo simple y parecía rodar espontánea, sin obstáculos. Poco a poco, sucesos voluntarios e involuntarios me forzaron a ir buscando y comprendiendo mi obligada diferencia, y entonces el mundo se viró al revés. Empecé a temer al desprecio y a la soledad. Comprendí que el rechazo podía venir como un flash, de todas partes, hasta de mi familia. Pero por otro lado, sabía que quería ir a la universidad y que quería llegar a ser o hacer algo, o alguien. Si no gritaba y participaba no podría:
“¡EL QUE NO SALTE ES UN YANQUI!”, gritaba un enardecido en cualquier obligada manifestación, y yo saltaba avergonzado de mí mismo por saberme cobarde, vencido y ridículo, pero lo hacía.
viernes, 17 de diciembre de 2010
ANGELITOS MESTIZOS
Que en tiempos de los cristianos ya nadie entiende el yoruba
Coro:
pero si te duele un callo te vas al médico orula,
y le entonas ese canto que te enseñó tu papá,
lo haces con mucha fe aunque ya tú no entiendes na'.
Negro, hispanófono te hicieron
pero tú nos hiciste cambiar el color del cielo.
Negro, hispanófono te hicieron
pero tú nos pusiste a dar cintura y meneo.
Cuando el cura encontró al babalao
cuando el cura encontró al santero,
no tuvieron más solución que compartir el tablero,
de ahí la virgen de regla, la negra que está en el cielo,
se convirtió en Yemayá como Mercedes en Odbatalá,
y la virgen de Candelaria la hicieron señora Oyá.
Negro, hispanófono te hicieron
pero tú nos hiciste cambiar el color del cielo.
Negro, hispanófono te hicieron
pero tú nos pusiste a dar cintura y meneo.
El cura al entra en la iglesia agua bendita y se persignó
El negro no entendió na' agua bendita y se despojó,
el cura le taconeó,
el negro se arrebató,
de ahí que yo estoy cantando este rico guaguancó.
Coro:
Ya los blancos no están tan blancos
y los negros están cobrizos
y yo creo que vi volando un angelito mestizo.
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