jueves, 18 de marzo de 2010

LA ESTUPIDEZ, LA VERDADERA ARMA DE DESTRUCCION MASIVA

Para toda persona sensible, violencia suena como algo abominable, sin embargo, hasta los más pacíficos estamos conscientes que sin ella no hubiese sido posible librarnos del nazismo. La estupidez en su grado más maquiavélico se había instaurado y contaminando la mente colectiva, asì que ya era demasiado tarde para utilizar el diálogo, imposible llegar al entendimiento. Y es que esta es la verdadera arma de destrucción masiva: La estupidez.
Luchar contra otra cosa es como arrojar el sofá por la ventana, como hizo un marido atormentado cuando descubrió a su amada copulando sobre él. Se ensañó contra el sofá y lo lanzó: Última vez.
Es este el trabajo de las fuerzas policiales: reprimir los enjambres de estupidez y tirarlos por la ventana, o sea en prisión. Un trabajo sin lugar a dudas necesario, pero que no resuelve el problema. Antes, cuando eran solo gérmenes y que todo el mundo los veía nutrirse, nadie dijo nada. La sociedad sabe y enmascara su culpa, los padres esperan que sea transitorio, minimizan los impactos para evitar ver sus propios errores y terminan también enmascarando, mientras la estupidez sigue germinando, enriquecida y fermentada con abonos onerosos. Luego en prisión, el estúpido seguirá viendo en televisión suficientes ejemplos que le confirmarán que no está solo, que allá afuera hay muchos como él que mantienen nutrida su estupidez y que esta incluso es motivo de celebridad. A esto llaman en democracia libertad: permitir a la estupidez brotar, crecer y divertirse libremente en nombre de la "no censura", para luego lanzarla por la ventana.
Un ejemplo impactante es la violencia de género, que llega muchas veces e infelizmente a terminar de la manera más atroz, el homicidio. Todo el mundo entonces se muestra alarmado y sorprendido. Se organizan actos patéticos de compasión, al cual quizás asistirá algún político opositor carrerista, pero nadie hablará del problema en sí. La cultura. La televisión continuará dedicando cincuenta horas diarias o más (si sumamos todos los canales) a pasar telenovelas contaminantes, entre otros programas llenos de clichés, donde la mujer es una especie de arpía maquillada con uñas largas, posesiva, celosa y chismosa. El hombre, un tipo duro, tentado y sin humor, y por supuesto no faltará la indiecita incauta con mirada sumisa y delantal.
Entonces… ¿por qué extrañarse? Toda la gama de roles han sido cuidadosamente ilustrados estableciendo lamentables patrones. Y... ¿por qué? ¿A quién le interesa idiotizarnos? El pez que se muerde la cola, me responden algunos. Es para captar teleaudiencia. O sea, no es que le interese a alguien idiotizarnos, es que como ya somos idiotas, solo nos dan lo que nos gusta. Es por esto que después de haber hecho tal reflexión, cuando descubro uno de estos programas (...puertas...), lo tomo como una ofensa personal.


La estupidez está en todas partes y nunca estamos a salvo de su ataque porque sabe penetrar sigilosamente, por ósmosis, por lo que es necesario tener los ojos bien abiertos y en cada momento preguntarse a sí mismo hasta que punto estoy sumergido. En mi caso es una batalla sin tregua, sobre todo en los últimos años que he ganado consciencia de mi propia estupidez y en insomnios la veo nítida una vez que se convierte en pasado. Desgraciadamente, aunque estoy siempre bajo su acecho, el problema sigue siendo dilucidarla a tiempo, y debo preguntarme sin parar, cuanto de lo que estoy haciendo, diciendo, no consideraré estúpido mañana. Para tranquilizar a algún lector que pase, prometo leer mil veces lo que escribo, y pido no obstante, por favor, considerar este blog un punto de partida de debate que espero nos lleve a usar argumentos que me ayuden a encontrar alguna que otra estupidez escapada o, como frecuentemente sucede, algo omitido, una luz que nunca vi y que entonces me abrirá un nuevo horizonte. Dejando claro esto, me permite cierto margen donde el desliz es parte, y se me ocurre llamarle: la razón relativa, lo cual no significa que no defenderé con fuerza mis ideas, pero no son más que eso, ideas. Lo mejor para brindar por el acuerdo es esperar, hacer silencio y volver a empezar, y luego brindar sonrientes por los desacuerdos, porque sin ellos no hay giro.
Lo que quiero es intentar comprender a través de mi propia insensatez, la del mundo, porque violencia y estupidez están liadas, y para amortiguarlas es necesario desarrollar la sensibilidad, el espíritu, humanizarse y aprender a decir amablemente pero con mayúsculas: NO. Dicho así parece algo simple pero es muy complicado.

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